LA COLA DEL ALEMÁN

          Estos últimos días me ha venido insistentemente a la cabeza aquella canción titulada “Aprenda alemán en 7 días”, incluida en el único elepé que aquella banda inclasificable de los 80, Derribos Arias, nos llegó a entregar. Corría el año 1983 y ya comenzaba a fermentar la cantinela –que pocos años después arrasaría- de que el inglés y la informática eran algo así como el escudo y la lanza con que enfrentarnos al mundo para que no hubiera mercado laboral que se nos resistiese. Claro que Derribos Arias eran unos rarunos y preferían recomendar la lengua germana, que se había ganado fama de antipática y escupidora gracias a las películas norteamericanas sobre la Segunda Guerra Mundial que nos habían nutrido.

          El motivo de los asaltos continuos de esta tonadilla, ya se lo pueden imaginar, es la noticia esa de la respetable cola que se organizó en las inmediaciones de una academia valenciana que anunciaba cursos de alemán. En este país donde se habla tan mal la lengua propia y se fracasa con las ajenas, uno puede leer esta noticia y, en un primer momento, alabar el entusiasmo de esa gente, pero enseguida se da cuenta de que en esa cola apenas habrá una gota de curiosidad o alegría propiciadas por el inminente aprendizaje del idioma alemán. Lo que sí sobra entre los habitantes de la cola es el entreguismo y la desesperación: el entreguismo del que está harto de ver quién mueve los hilos cada vez que Mariano Rajoy anuncia nuevos recortes; la desesperación de quien busca un empleo y ve cómo todas las puertas se le cierran. Esa cola, si se me permite esta pequeña exageración, reunía a súbditos deseosos de agradar al que perciben como verdadero amo, en su mayoría jóvenes dispuestos a emprender un camino que ya recorrieran a mediados del siglo pasado otros españoles menos preparados, pero igualmente desesperados. Acaso especulen con las ventajas que les proporcionará estar allí donde, al parecer, se toman las decisiones que, con automática inmediatez, repercuten aquí, entre nosotros, circular por el centro y dejar atrás este arrabal ingrato.

         Pero aplicando la perspectiva germánica, esa que nos retrata como vagos irresponsables y gastizos, llevándola hasta sus últimas consecuencias, a esos jóvenes presuntamente aventureros les asoma el perezoso plumero español: no son lo suficientemente emprendedores, pues si lo fueran se saltarían al amigo centroeuropeo e irían a saludar y servir directamente al camarada oriental aprendiendo, para ello, chino.

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