COSA DE DOS

        Parece que la democracia, cuya superioridad sobre otras fórmulas debería radicar en encontrarse en un estado perpetuo de “en construcción”, sufre una fuerte tendencia a encallar en el bipartidismo. Dos claros ejemplos son el norteamericano y el español. Puede que sea para que no nos liemos o quizá no sea algo intrínseco, sino que esté en la naturaleza del ser humano ese afán simplificador. Tenemos también los casos de la Coca-Cola y la Pepsi, del Real Madrid y el F.C. Barcelona… Al final resulta que, en muchos casos, todo se reduce a elegir entre dos opciones, lo cual deja a otras posibles alternativas condenadas al papel de comparsas. Desde una perspectiva rigurosamente aritmética, puede que no tengamos motivo de queja: recuerdo las cosas que se decían del régimen soviético cuando yo era pequeño, entre ellas que en la URSS no tenían la posibilidad de escoger, ni siquiera en el súper, porque allí solo había una marca de cada cosa. Visto así, somos exactamente el doble de libres aquí y ahora.

        Pero, volviendo al bipartidismo, no vamos a extendernos sobre lo perjudicial que resulta: a la vista está en las consecuencias que padecemos que, detrás de la representación de los odios irreconciliables, se urde la estrategia de las componendas. Nos recortamos posibilidades a nosotros mismos al marginar otras propuestas y nos ponemos una y otra vez en manos de caballos ganadores hipertrofiados que luego van a galopar a su aire y rendir pocas cuentas o ninguna amparándose en el apoyo popular o en los triunfos repetidos. Fabricamos dos monstruos superpesados cuyo crecimiento se basa en la voracidad y lo pagamos siendo testigos y víctimas de la corrupción.

        ¿Sucede esto a causa del imperativo del voto útil o de la hipótesis del desgobierno cuando hay varios partidos con significativa representación? Podría ser, pero también es posible que exista una explicación menos técnica. Tal vez a la gente le guste sentirse identificada con el ganador y de ahí su preferencia por los favoritos. En una época en la que se televisan las aberrantes celebraciones de las hinchadas no parece osado hablar de que se ejerza una presión para que cualquier pobre diablo salga a la calle a festejar en manada un triunfo, aunque él solo sea propietario colateral del mismo. Y el día de las elecciones no tiene por qué ser una excepción.

        Los monstruos siguen creciendo, acaparan la actualidad informativa, asistimos al espectáculo cotidiano de su enfrentamiento (la contrapublicidad de los dos refrescos de cola, las tonterías de Mourinho, Clint Eastwood poniendo a parir a una silla vacía, las acusaciones, insultos y descalificaciones que se cruzan entre PP y PSOE…) y muchos colocan su pasión a un lado o a otro pasando por alto que, peleítas aparte, al final de lo que se trata es de repartirse el pastel. Si solo por un momento ambos contendientes fueran capaces de servirse del otro como espejo, reconocerse y sentir un poco de asco, quizá todos saldríamos ganando, acaso nos iría un poco mejor.

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