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DERECHA SIN COMPLEJOS: ¡YO SOY UN CABRÓN, UN CABRÓN, UN CABRÓN!

Llevamos tiempo escuchando que la tradicional oposición entre izquierda y derecha se ha quedado obsoleta y no da respuestas a los interrogantes y problemas que plantea el mundo contemporáneo. Yo, más que en la frase en sí, que no deja de ser un tópico, fijo mi atención en quien la pronuncia. Si sé que se trata de alguien de pensamiento progresista, veo desencanto y cansancio, reconozco el hastío que muchas veces detecto en mí mismo frente a una izquierda simplona y frecuentemente prisionera de lo políticamente correcto, cuando no caída en los barrizales de la corrupción y entregada, atada de pies y manos, al nuevorriquismo. Si, por el contrario, quien lo manifiesta es un rotundo conservador, lo que percibo es morro y caradura. Lo que subyace, en ese caso, es algo así como: “mira, hemos llegado al fin de la historia y hemos ganado la batalla, dejemos que los mercados regulen y decidan lo que vale y lo que no, adelgazemos el Estado y bla-bla-bla”.

Lo de sin complejos es cosa de Aznar, ¿recuerdan?… Aquel presidente que empezó hablando catalán en la intimidad y terminó chapurreando con acento texano chungo tras una sesión de endiosamiento en las Azores con sus amiguitos Bush y Blair. El muy tontorrón hablaba de gobernar sin complejos y muchos no entendíamos a qué venía aquello, porque si de algo careció siempre la bárbara derecha española fue de complejos. Nunca se cortaron un pelo, desde el levantamiento que provocó la guerra civil hasta la situación actual en la que cargan contra los más débiles, blindan a los suyos de siempre, los banqueros manirrotos y la Iglesia, y protegen con descaro sus intereses a costa de los comunes, como demuestran, por ejemplo, los recortes de que está siendo objeto la enseñanza pública mientras se mantienen contra viento y marea los conciertos educativos que también pagamos todos.

La ausencia de complejos en la derecha española pudimos comprobarla en aquella noche de triunfo electoral al grito de “Pujol, enano, habla castellano”, así que los gobernantes y tertulianos conservadores que ahora postulan una derecha sin complejos no ofrecen nada nuevo: llueve sobre mojado, se deposita fertilizante en un terreno ya sobreabonado. Si acaso, pueden contribuir con ese eslogan a que, en el plano individual, haya más salidas del armario porque hasta no hace mucho a los fachas les costaba admitir públicamente lo suyo, buscaban eufemismos, usaban suavizante (la marca “Liberal”, la más cotizada) o, simplemente, guardaban silencio y azorraban.

Pero ha llegado el momento de dar la cara apoyándose en el dichoso sintagma (y en los latigazos de la crisis, por supuesto). Si un montón de ciudadanos enfadados rodean el Congreso para expresar su hartazgo, no azuzen ustedes, políticos de la derecha, a los perros: actúen con naturalidad y sin complejos, salgan decididos a la palestra y combatan con lo suyo, lo de toda la vida, organicen contramanifestaciones con los votantes que no se les hayan desencantado, vístanlos con camisetas y háganlos portar pancartas que lleven por lema el título de este artículo y, sobre todo-sobre todo, sean fieles a ese planteamiento desacomplejado que tanto les place y pronuncien con claridad y nítido silabeo el subtexto del eslogan: “no tengo complejos: tomo medidas injustas y me tira del nardo”.