ME PARECIÓ VER UN LINDO GATITO

No hace falta echar la vista muy atrás para hacerse una idea del proceso que actualmente se vive de acoso, derribo y saqueo de lo público. Recordarán ustedes aquel estribillo tan molón que rezaba “no necesitamos políticos, lo que hace falta son gestores”. Ese mantra fue preparando el camino, convenientemente encuadrado en una campaña de descrédito de lo público, que no funcionaba, que solo generaba deudas. Los políticos, enganchados como polluelos ciegos a la nueva fe, confundidos –o convencidos, tal vez- por una cierta y maliciosa idea de modernidad, fueron los cómplices perfectos y se pusieron a gestionar, lo que en su caso, sí, fue casi siempre sinónimo de derrochar. Ingente fue la cantidad de patronatos y fundaciones que surgieron de la nada y que difuminaron el carácter público de las empresas e iniciativas que se tenían que sacar adelante. En España se alternan en el poder dos partidos que son culpables de la situación que vivimos: uno, el PP, porque siempre aspiró a servir en bandeja la suculenta tajada de lo público a aquellos para quienes trabaja; otro, el PSOE, por su vergonzosa entrega al nuevorriquismo que, paradójicamente, lo está conduciendo a la ruina.

A muchos nos pasó lo que al canario Tweety –o Piolín- de los dibujos animados de la Warner Bros. cuando percibía la amenaza del gato Silvestre: por debajo de aquella melodía sirénida nos parecía oír el ronroneo satisfecho de quienes esperaban hacerse cargo del negocio. Los medios de comunicación se hacían eco de los despilfarros en el sector público y vendían como éxitos del privado los jugueteos en plan grandón, por ejemplo, de los bancos españoles en Latinoamérica (gracias a los créditos alemanes que ahora tenemos que devolver entre todos, seguramente), así que también tienen su parte de responsabilidad por actuar como amplificadores.

Es cierto: los políticos han hecho una mala gestión –lo que, sin duda, debería hacerles recapacitar para reconducir sus energías hacia la política- y los casos de despilfarro y corrupción son sonrojantes, pero la deuda de este país es fundamentalmente privada y eso no nos lo recuerda Rajoy cada vez que nos obliga a apretarnos más el cinturón. El neoliberalismo ha sido muy hábil al llevar el debate al terreno que más conveniente le resultaba, el de la eficacia contra la ideología. No hace falta ser conspiranoico porque, la verdad, tampoco es que se hayan molestado demasiado en disimular la estrategia, pero contaban con masas de votantes que tienden más a la síntesis que al análisis y a las que siguen moviendo unas palabras más o menos bien colocadas para poner en marcha groseros sentimientos.

No sabemos si se está a tiempo de rectificar. Y rectificar es, en el caso de los políticos –al menos los que se consideren de izquierda-, regresar a la política, entendida esta como una defensa del ciudadano común frente a los intereses egoístas de una minoría cada vez más voraz y acaparadora, asumiendo que el capitalismo sin freno es el principal enemigo de la democracia.

Me pareció ver un lindo gatito: sí, estaba afilándose las zarpas y relamiéndose anticipadamente de gusto. Pero ahora me parece que ha abierto la jaula y ya mordisquea las plumas del canario.

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