AL DESCUBIERTO: A FILM BY TARO ASO

“Dense prisa y mueran”, recomienda el ministro de Finanzas japonés Taro Aso a los ancianos de su país. ¿Recuerdan La balada del Narayama, cualquiera de sus dos versiones, la dirigida en 1958 por Keisuke Kinoshita o la más conocida y cercana de Shohei Imamura, de 1983? Contaban la historia de un hijo que, sometiéndose a las costumbres de su comunidad, debe emprender, cargando a cuestas con su madre, casi septuagenaria, el largo y penoso ascenso a una montaña con el fin de abandonarla allí para que lo inevitable se consume. Eran delicados haikus en comparación con el rebuzno de este tal.

Ni en Japón se libran de la grosería de los políticos. Ya sospechaba yo que tanta inclinación al saludar, tanto ceremonial con el té y tanta reflexión sobre cómo la luz matiza el negro de los cuencos no los convertían en mejores, pero, por si quedaba alguna duda, las palabras de Taro Aso dejan al descubierto las intenciones que los políticos de cualquier lugar tienen respecto a los ciudadanos: vive como puedas, rinde y consume y, al final, no te prolongues demasiado y deja un cadáver barato.

Taro Aso no se corta, y eso que vive en un país donde el 25% de la población sobrepasa los 60 años. Los 72 del ministro parecen bien llevados y es que, aparte de la genética y el puro azar, hay ocupaciones que contribuyen al deterioro más que otras. El padre de Taro Aso, entre otras cosas, presidió la Aso Cement Company y gozó de influyentes amistades. Su abuelo materno llegó a ser primer ministro. Él mismo preside el Partido Liberal Democrático, ha pertenecido a la Cámara de Representantes desde 1979 y fue ministro de Relaciones Exteriores -seguro que mostrando más tacto que ahora- entre 2005 y 2007. Con esos antecedentes y con tal curriculum, no imagino los dedos de Taro Aso agarrotados por el reúma.

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Hace cuatro años ya se había despachado a gusto preguntándose por qué tenía que pagar por las personas que solo comen y beben y no hacen ningún esfuerzo. Orin, la anciana de La balada del Narayama, a pesar de su avanzada edad, no está enferma, pero consciente de que es una pesada carga en una economía de dura subsistencia, decide precipitar la decisión de su hijo desdentándose a propósito, ya que así, además de no contribuir con su trabajo, causará un trastorno extra a su familia, pues tendrán que triturar sus alimentos.

Orin es el ideal de Taro Aso, que de aquella sería un señor feudal entretenido por un montón de concubinas o un chupapollas del shogun a quien no le importaría estar dando la lata hasta los 90 años. Orin se sacrifica para dejar sitio a un nuevo miembro de su familia y nosotros quedamos a la expectativa: ¿será capaz Taro Aso de, al primer síntoma de decadencia, practicarse un seppuku como mandan los cánones y dejar al descubierto sus tripas de la misma forma en que lo ha hecho con sus pensamientos?

PD: Parece que, por no faltar a su costumbre, los medios han tergiversado, retorcido y sacado de contexto las palabras del ministro Taro Aso, que pretendía plantear una defensa, muy comprensible y compartible, de la eutanasia. Resultaba extraño que un político japonés dejase escapar una perla de tan grueso calibre. Dejando, pues, a un lado lo que el texto tiene de invectiva contra el ministro, mantenemos, eso sí, la idea de que lo deseable para el sistema sería que nos extinguiéramos al término de nuestra vida laboral, que muriésemos con las botas puestas o que durásemos lo menos posible en esa situación de jubilados en la que se nos considera una molesta carga. ¿A qué, si no, conduce la medida de retrasar la edad de jubilación? El disfrute de esos últimos años, después de una vida de trabajo y lucha, va camino, como otras muchas cosas, de convertirse en el privilegio de unos pocos. Descansemos en paz, pero si es la paz de los muertos, mejor.

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ZUMBIDOS, GORJEOS Y MUCHO ENVOLTORIO

El flamante fichaje de Seeliger y Conde, Esperanza Aguirre, libera una andanada verbal –esta vez sobre la cuestión educativa-, nuevo ejemplo de cómo la derecha neoliberal se apropia del envoltorio de los discursos socialdemócratas. Este, por otra parte, es el problema de los discursos que solo tienen envoltorio: cualquiera puede reclamarlos como suyos.

Resulta que, según la cazatalentos, es la derecha, encarnada en el partido que gobierna, la que quiere que la educación sirva para formar ciudadanos libres y críticos y la que se preocupa por la igualdad de oportunidades, oponiéndose a una izquierda sectaria, para la cual la educación es un coto privado que se usa para adoctrinar con dogmas y tópicos trasnochados con el fin de fabricar ciudadanos iguales los unos a los otros, y enfrentándose también a los nacionalistas, que pretenden inculcar sus mitos y fantasías.

¡Acabáramos!: igual, por fin, ahora va a ser verdad lo de fomentar el espíritu crítico en las aulas, esa aspiración que venía recogida en todos los documentos de todas las leyes educativas que han brotado como hongos en este país de la LOGSE para acá. A mí, la verdad, me parecía un estribillo que ya había degenerado en zumbido, como tantos otros, pero se ve que ahora, como se encarga de subrayar la nueva perla de la empresa privada, el PP está firmemente decidido a llevarlo a la práctica. No sé cómo va a encajar este propósito con el disgusto de los mandamases cada vez que un nutrido grupo de ciudadanos supuestamente libres manifiesta con notable espíritu crítico su descontento en las calles. Habrá que considerar las palabras de Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, cuando expresó su ocurrencia de modular el derecho de manifestación, como uno de los últimos –e indeseables- brotes pre-LOMCE, pues queda claro que esta ley, si nos atenemos al discurso de la headhunter, abre un período dorado para nuestro sistema educativo.

Curioso también parece el procedimiento elegido para avanzar en la igualdad de oportunidades. A los padres se les ha manipulado hasta la saciedad con lo de la libertad de elección de centros, que ha dado lugar a un cierto clima de competencia absurda en la red pública, pero lo que proponen Wert y su equipo ya es directamente selvático: todos compitiendo contra todos en un contexto puramente resultadista sin tener en cuenta el tipo de alumnado que recibe cada centro. Las ayudas económicas, que se han mantenido en la concertada y la privada pese a la crisis, dependerán de evaluaciones externas de esos resultados, con lo que no es exagerado pensar que se desembocará en un sistema de clasificación de los centros en el que cada categoría recibirá un tipo determinado de alumnos con distintas expectativas académicas y profesionales. Lo que, de alguna manera, ya existe hoy, pero sancionado por ley. Y está por ver cómo esto afectará a las condiciones laborales en los distintos centros, porque de algún modo habrá que incentivar a los buenos y castigar a los malos: el divide y vencerás de toda la vida.

Nunca me dejé arrullar por los gorjeos de la LOGSE ni por los de ninguna de sus sucesoras porque no tengo de mi trabajo una visión romántica ni me tranquiliza lo que ponen los papeles. Con toda la carga crítica que se quiera, considero que de lo que trata la educación es de ayudar a los alumnos a pasar por el aro. Puedo imaginar hacia dónde vamos porque llevo años viendo lo que pasa con algunas materias que las leyes han puesto en el disparadero: la necesidad de alumnos las ha forzado a hacerse comerciales, esto es, a atraer a los estudiantes porque casi nadie las suspende. La falsedad y la picaresca son, de siempre, las soluciones de los problemas en este país, así que preveo una catarata de buenos resultados -o, por lo menos, aceptables- que eviten la caída de los centros en la temida 2ªB.

Hace falta mucha cara –y Esperancita la tiene: más que un hipopótamo con paperas- para, con los planteamientos de su partido, ir por ahí de adalid de la libertad, el sentido crítico y la igualdad de oportunidades. Lamento profundamente –seguidor de la serie B como soy- que el PP haya conjurado el peligro de ese futuro de seres zombificados todos iguales fruto de la dogmática educación de la izquierda (cómo se puede tildar a nadie de trasnochado después de acusar al PSOE de esto) que sugerían las palabras de la ex casi todo y aspirante a la divinidad. Por desgracia, el futuro que nos espera es más vulgar y va a resultarnos familiar –aunque a la señora Aguirre le auguro un exitoso porvenir como cazatalentos, pues sabrá aparecer en los cotos apropiados con su certera escopeta- porque se fabrica con injusticia y chapuza, la mezcla que nos define.

HUMILLACIÓN

El siete recibió de espaldas, lo encaró, le hizo un caño, entró en el área y, con un toque suave a su izquierda, dejó el balón a uno de sus compañeros, que venía embalado y fusiló a placer. Cuatro a cero. El chaval puso los brazos en jarras y cerró los ojos para no ver cómo el cielo se le desplomaba encima. Luego dirigió la mirada hacia el sitio que ocupaba su padre, de pie entre otros padres que se consolaban con que esta vez el roto se lo hubiese hecho la figura al hijo de otro. Su padre tampoco quería ver y se tapaba el rostro con ambas manos. El chaval supo que era por vergüenza. Se sintió mal.

Y todavía le quedaba más, porque el siete se movía principalmente por su zona, con esa superioridad casi divina que sólo se aprecia en los partidos de chavales.

Llovía cuando salió del vestuario. El cachondeo con los compañeros ya casi le había hecho olvidar el resultado y su papel de comparsa en la escenificación de la gloria del siete, pero, cuando advirtió que su padre no lo estaba esperando con el paraguas, todo regresó de golpe. Caminó solo hacia el coche. Entró y no escuchó ninguna palabra de saludo. Su padre daba las últimas chupadas a un cigarrillo antes de arrancar.

-¿Qué querías?, ¿que le rompiese una pierna?

Esperó unos segundos antes de escuchar la contestación:

-¡Sí, sí, joder!… Tenías que haberle roto una pierna al cabrón antes que soportar esa humillación.

El chaval se había sentido superado por el siete, desbordado, pero no había pensado en la humillación. Buscó los ojos de su padre. Parecía que sabía de qué estaba hablando. Parecía que él sí sabía lo que era la humillación.

UNAS PALABRAS CON EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

Anoche, cuando iba a acostarme, se me apareció el Espíritu de la Transición. No se crean que lo reconocí sin más. Fue él quien, después de un ulular poco estridente, declaró con tremenda voz de locutor de catástrofes: soy el Espíritu de la Transición. Así, con mayúsculas.

-Pues no sé qué cojones haces en mi casa –protesté.

-Estoy de gira promocional por todo el Estado, incluida Cataluña.

-A ti lo que te pasa es que vas crecido porque te andan convocando sin parar: el Rey, Felipe González… Y claro, ectoplasmizaste así, a lo bobo… ¡Anda, quítateme de delante!

-Juntos podemos –soltó el fantasmón.

-¿Por qué será que esto siempre lo dicen los que van instalados en trasatlánticos de lujo a quienes están a punto de hundirse con sus botes agujereados?

-Ya sé que os faltan políticos de altura, pero…

-Pues Rubalcaba es larguirucho… Mira, no pierdas el tiempo conmigo: son épocas distintas, sencillamente, y de aquella todos éramos más jóvenes y teníamos más esperanza, pero tampoco hay que mitificar.

-Juan Carlos estaba en forma.

-¡Con Nesquik, no te jode!… El Rey siempre necesitó palmeros: el otro día fue Hermida, pero en su momento le tocó a Victorita Prego, que lo retrató como el puto cherif de la transición.

-Había un entusiasmo que…

-A mí el entusiasmo me llegó hasta el 82: después del conglomerado de contención que fue la UCD, el PSOE mostró enseguida el colmillo largo y retorcido y abrió sus puertas a un amplio desfile de oportunistas… Y así, hasta hoy mismo.

-Los discursos, los debates, los proyectos… ¡Europa!

-Europa es un monstruo construido en las alturas de los despachos, lo único que se consiguió fue darles más campo para pacer a los ricos… En cuanto a la oratoria, no te voy a negar que había más nivel, pero es que desde hace mucho los partidos, por su modo de funcionar, por su falta de democracia interna, propician la fuga de cerebros hacia otros ambientes más sanos donde se premie la inteligencia y no el servilismo… Y no olvides que fue el gracioso de Alfonsito Guerra quien puso la primera piedra para que las confrontaciones verbales se desarrollen de la manera a que en la actualidad nos tienen acostumbrados: insultos, descalificaciones y gilipolleces tuiteras.

Llegados a este punto en que me había dejado arrebatar por el cabreo, volví a fijar la mirada en el fantasma: el cabrito había encogido de lo lindo, hasta reducirse al tamaño de un click de famobil, milímetro arriba o abajo. Decidí ir a la cocina a por un tarro de mermelada. Cuando le pasaba por encima, con todo el cuidado del mundo para no estrapallarlo, exclamó con voz de pito:

-¡La-la movida!

Volví de la cocina con el tarro vacío y lavadito en una mano y la tapa en la otra.

-¡Venga, no me jodas!… ¡Claro que me lo pasé bien: tenía dieciocho años en el 80!

-¿Lo-lo ves?

-Santiago Auserón mola, pero las mamarrachadas de Alaska y el Alice Cooper escuchimizado de Famosa me ponen de los nervios… Y, ya puestos, no soporto los melodramas abstractos que hace ahora Almodóvar.

Me agaché y con la tapa, suavemente, empujé al diminuto espíritu hacia el interior del tarro. El pobre no ofreció resistencia. ¿Sería el auténtico Espíritu de la Transición?

En todo caso voy a pedir un rescate.