300 m. VALLAS

El baño de multitudes que gusta a los políticos no incluye la ducha fría del escrache. Si les hacen pasillo para ir estrechando manos o les acercan criaturas para que les den un achuchón o les pasen la mano por la cocorota, está bien, pero el acoso y la presión de ciudadanos enfadados se ubican directamente dentro de las tácticas terroristas y quienes los promueven son acusados de nazis. Nuestros representantes exigen una distancia de seguridad, los famosos 300 metros, pero, ya metidos en harina, podrían solicitar vallas, como en los conciertos roqueros de estadios y plazas de toros.

Aislados, como las estrellas de rock y los futbolistas pijos, el ruido y la furia les llegarían amortiguados. No quieren pagar peaje por sus errores y sus pecados. De las aglomeraciones solo les interesan las que juegan a su favor, especialmente las que se organizan las noches de los triunfos electorales, qué bonitas, con el líder carismático y su coro bendiciendo a los feligreses desde el balcón. Luego, si no hay más remedio, por guardar un poco las apariencias, se atraviesan esos pasillos de carne apelotonada y se mantiene ese trato superficial que el ídolo dispensa al gentío: roces, apretones de manos, promesas como las que se hacen a los niños para que nos dejen en paz…

No les gustan los ciudadanos adultos y conscientes. Prefieren las masas infantilizadas y rugientes que ocupan los espacios públicos para celebrar éxitos futbolísticos. Para esto sí que no parece haber cortapisas, mientras, por el contrario, se habla de modular el derecho de manifestación y se demoniza a los practicantes del escrache. Este Gobierno soporta muy mal las críticas y peor las acciones callejeras. Ya dejaron claro que su ideal es el españolito que se queda en casa sin decir ni pío, el que transita por este erial sin levantar la voz. La misma docilidad con que ellos se someten a los designios de Bruselas es la que quieren de unos ciudadanos que son quienes van a sufrir las consecuencias de lo exigido por esa fracasada madrastra que es la UE.

Como soy una persona tolerante, estoy dispuesto a soportar la ansiedad que me produciría sospechar que, en cualquier momento, unos vándalos pudieran arrojar sobre Rajoy o Cospedal un montón de desperdicios. Incluso asumiría el riesgo de que les fuera a caer una hostia perdida. Podría vivir con ello. La convivencia democrática no siempre es ejemplar, como demuestran ellos con sus privilegios y corruptelas.

Con lo que sería mucho más meticuloso es con la frecuente relación que mantienen con banqueros y empresarios. Ahí sí que mediría con cuidado los metros de separación y colocaría unas pesadas vallas para evitar prebendas y tratos de favor que, más tarde, finalizada la carrera política, se premiarán con exquisitos puestos de asesores en importantes empresas, como muestran los significativos ejemplos de Aznar y Felipe González en Endesa y Gas Natural Fenosa respectivamente.

Si tienen algo que decir, alguna propuesta que defender, si están convencidos de la honestidad de lo que hacen, los políticos no deberían temer la proximidad de nadie. Si tienen miedo, si pretenden establecer barreras, si acusan desmesuradamente a quienes muestran su disconformidad, la grieta entre ellos y los ciudadanos, ya de notables dimensiones, se abrirá más. Estamos en un momento propicio, si no para otras cosas, para redefinir el tipo de relaciones que mantenemos con nuestros representantes y, en este sentido, el polémico escrache también puede ser interpretado como un grito de alarma para hacerlos rectificar. Muchos ya estamos hartos de su aristocratización, que hace que solo traten como iguales a los más poderosos, los únicos a quienes escuchan, mientras que al resto solo le dedican esa eterna pose de saludo agitando la mano como si fueran estrellas descendiendo la escalerilla del avión. Es necesario que los políticos respondan día a día por lo que dicen y hacen, por lo que callan y no hacen… Esperar un hipotético castigo en las urnas se nos hace demasiado largo.

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