BABY, COME BACK

¿Qué podría pensarse de un profesor jubilado –o trasladado a otro centro- que, informado del estado de deterioro en el que está sumido otro instituto en el que él hubiera ejercido, por ejemplo, de jefe de estudios, dejase caer en una conversación que estaría dispuesto a volver en plan salvador y apelara a su responsabilidad y su conciencia? Con toda lógica y no menos justicia se le consideraría un vanidoso y un imbécil.

Pues esto es lo que acaba de hacer José María Aznar en la entrevista promocional de Antena 3, añadiendo, eso sí, como elementos motores de su posible regreso a su partido y -¡ole su bigote!- al país. Las reacciones críticas no se han hecho esperar y se miran con lupa las declaraciones del presidente Rajoy y otros compañeros de partido para husmear entre la nada posibles contestaciones, pero no interesa ahora analizar una intervención que se descalifica por sí misma, sino tratar de entender por qué ese tipo de declaraciones, más propias del discurso amenazador de un militarote salvapatrias, se toleran y hasta parecen normales, si es que no se aplauden, en un político supuestamente demócrata cuando en cualquier otro ámbito profesional resultarían ofensivas.

Un régimen democrático que no ha sido capaz de desterrar el caudillismo no es del todo democrático. Unos partidos que practican y promueven el culto a la personalidad del líder no son órganos saludables. Unos ciudadanos que ceden a esas tendencias irracionales y votan movidos por la idolatría y el forofismo nunca contribuirán a que la democracia avance. La constatación de la existencia, en nuestro país, de un sistema, unos partidos y una enorme cantidad de ciudadanos que así se comportan conduce a la tesis del fracaso en la construcción de lo que podríamos llamar la estructura profunda de la democracia.

Acaso por una mezcla de ingenuidad y deformación profesional (me dedico a la enseñanza), considero que un sistema democrático no solo debe ocuparse de crear instituciones que garanticen el mejor servicio posible al bien común, sino que también tendría que favorecer el desarrollo personal a través de la educación política de los ciudadanos. Creo que en los primeros años de nuestra democracia hubo políticos que así lo entendían, pero hoy ese ideal ha pasado al desván donde se almacenan los cacharros inservibles.

Esa educación política correría a cargo, principalmente, de dos agentes: los propios políticos y los medios de comunicación. A la vista está que ambos han renunciado. Los primeros convierten el debate político en una riña de patio de colegio e insisten en vicios como el mencionado culto a la personalidad en busca del rédito inmediato. Los segundos, asfixiados en grandes corporaciones con intereses casi siempre poco confesables, se limitan, salvo honrosas excepciones, a servir de amplificadores de esa degradación sin aportar apenas un contrapeso crítico.

Las consecuencias se padecen día a día. No tenemos más que fijarnos en el funcionamiento interno de los partidos, cuyos engranajes son movidos por el oportunismo y la adulación, en donde se confunde la lealtad con el servilismo y se difumina el debate o se ocultan las disensiones porque se consideran una muestra de debilidad. Los líderes nombran a sus sucesores, como si fueran reyezuelos, y eso lo hace desde un presidente de Gobierno hasta un concejal de la oposición. Resulta evidente que hay temor a que una confrontación entre candidatos abra profundas fisuras. Ese recelo excesivo no es sano para la democracia, pero es regla de oro en todos los partidos de peso. Luego, a los cabecillas de esos mismos partidos, se les llena la boca de almíbar en las jornadas electorales hablando del sagrado valor del voto y del juego limpio, que a estas alturas parece que es a lo que ha quedado reducida nuestra democracia.

En cuanto a los medios de comunicación, ya se sabe que son partes ínfimas de entramados que extraen sus beneficios de otras actividades, pero da pena verlos enzarzados por las retransmisiones futbolísticas y fomentando la burricie y, por ejemplo, se echa de menos una actitud firme frente a esas ruedas de prensa organizadas por los políticos que han degenerado en monólogos y en las cuales los plumillas se limitan a tomar apuntes o sostener la alcachofa. En busca del relleno fácil, a veces hasta dan la impresión de azuzar a unos y a otros en ese juego cansino e interminable de las descalificaciones. De hecho, Aznar dio a entender que no descartaba su regreso a la política porque le preguntaron acerca de ello echándole el cebo de unas posibles circunstancias extremas y es que en el trato que dispensan los periodistas a los políticos falta el filo de una cierta agresividad y sobra el pelotilleo sumiso.

el ánsar pasa

Así que no caigamos en la tentación de ejercer de burdos analistas políticos participando en la discusión sobre el posible desembarco de Aznar, ni nos pongamos a medir la distancia entre él y Rajoy porque ya sabemos que hay brechas, tiene que haberlas porque la travesía está siendo muy accidentada y cuando las cosas van mal ya se sabe que brillan los puñales más que las sonrisas falsas. Lo del ex tesorero ha tenido que provocar algún que otro seísmo y, además, está por ahí incordiando Esperanza Aguirre y algunos presidentes autonómicos andan soliviantados con lo del déficit asimétrico. Ni siquiera debemos evaluar si todo es una cortina de humo para crear una falsa actualidad que amortigüe otras cosas o juzgar si la entrevista fue simplemente una oportunidad que se le concedió para explicar la aportación de los fondos Gürtel a la boda de su hija. Eso sí, los que reciben como regalos de boda cuberterías y juegos de café pueden hacer los chistes que consideren oportunos sobre la generosidad de Francisco Correa, que con 32. 452 euros se hizo cargo de la iluminación necesaria para que todos los invitados de postín al bodorrio de Agag y la aznarina pudiesen admirarse unos a otros los trajes de gala y las joyas.

Más bien lo que tenemos que hacer es cuestionarlo todo desde la raíz, preguntarnos por qué se le hace la entrevista, sí, y por que se le pregunta sobre su posible regreso, pero, sobre todo, por qué se acepta que un tipo forrado solo con lo que cobra como consejero de Endesa saque a relucir su chulería made in Azores para soltar que sí, que cabría la posibilidad de que su responsabilidad y su conciencia se lo exigieran, de que un montón de perrillos lamedores de su partido se lo solicitaran, de que sienta en su interior la imperiosa llamada de todo un país sufriente.

Así se hacen los grandes hombres hoy en día. Se construyen a sí mismos. De la nada.

ELOGIO DE LA INSOLENCIA

Es innegable que la situación que vivimos está contribuyendo a destapar asuntos que siempre han estado ahí. Cuando las estrecheces alcanzan a amplios sectores de la población, exigimos control y vigilancia, nuestra mirada se vuelve hacia arriba para comprobar si esos que nos asfixian predican con el ejemplo. Los medios de comunicación no se muestran insensibles a esa demanda y, algunos más que otros y no siempre movidos por el puro afán de informar, alimentan esa quemazón. Salen a la luz las cuentas suizas y los sobresueldos, las amistades peligrosas con emprendedores sin escrúpulos, como es el caso del empresario minero leonés Victorino Alonso y su irresistible ascenso al calor de sus contactos con gentecilla del PSOE ya desde los tiempos de Felipe González, las cacerías de todo tipo del monarca y los turbios negocios de su familia…

Para algunos confiados o despistados este brusco despertar supone el punto final de su credulidad. Para los más conscientes, que ya sospechaban que el sistema democrático disponía de una tenebrosa caja negra, llega, a pesar de todo, el momento del desánimo, pero también de la indignación y la protesta. Los descreídos desde el principio, los que siempre echaron pestes de la política simplemente dan rienda suelta al fascista que llevaban no tan dentro.

Cabe preguntarse cómo reaccionar cuando se pertenece a uno de los dos primeros grupos y se desea acabar con los abusos y, en la medida de lo posible, construir algo en lo que se pueda depositar  confianza. Más allá de aconsejar que evitemos la molicie en lo que se refiere a asuntos públicos y no deleguemos tanto en nuestros representantes, no tengo ninguna receta, pero las actitudes observadas en algunos miembros de la clase política, sus desaforadas respuestas a la reacción ciudadana cuando, según ellos, esta rebasa ciertos límites, su defensa del súbdito formal que permanece tranquilito en casa, sí me dan una pista de por dónde deben ir los tiros… Y no me dispongo a desarrollar una apología de la violencia, sino un simple elogio de la insolencia.

La insolencia, lo desusado, lo que no es habitual, aquello de lo que no tenemos costumbre, que esa es la etimología de la palabra, emparentada con el verbo “soler” y, por tanto, con el adjetivo “insólito”. La insolencia se relaciona, pues, con el atrevimiento, con el desacato y tendría entre sus opuestos al respeto y la reverencia.

¿Ustedes tacharían de insolente a un amigo en medio de una discusión o utilizarían esa palabra durante un enfrentamiento en una reunión de la comunidad de vecinos? Estoy por asegurar que no. Formularían alguna advertencia del tipo “no te pases” o, puestos a ser más finos, recurrirían al sinónimo “impertinente”. En cambio, es fácil imaginar a un profesor hablando de la insolencia de algún alumno díscolo o a un rancio aristócrata quejándose de un servidor insolente.

Y es que la palabra, en su uso, tiene un componente clasista. La acusación casi siempre sale dirigida desde las alturas hacia algún escalafón inferior y contiene un punto de indignada sorpresa precisamente por lo poco habitual que se supone debe ser esa especie de rebeldía de los de abajo. Lo que los políticos manifiestan ante determinadas acciones ciudadanas es ese estupor de quienes están acostumbrados a la sumisión y la aceptación pasiva, que también han dado lugar a la falta de transparencia porque quien ostenta el poder no se siente obligado a dar explicaciones y se molesta cuando se le piden. Es vergonzoso que sea todavía ahora, transcurridos más de treinta años de régimen democrático, cuando se esté hablando de transparencia en todo lo relativo a las entretelas económicas de la Casa Real.

Practiquemos la insolencia. Puede que, debido al apoltronamiento, nos crujan las articulaciones, pero resultará más fácil de lo previsto acostumbrarse a romper el hábito de permanecer callados. Sorprendamos a esos caraduras haciendo que el suelo tiemble bajo sus pies. Hagamos de la insólita insolencia algo cotidiano. ¿Saben ustedes que, en el fondo, mientras seamos o parezcamos sumisos el encumbrado nos mirará como a cucarachas y que solo nos ganaremos su respeto siendo insolentes?