ELOGIO DE LA INSOLENCIA

Es innegable que la situación que vivimos está contribuyendo a destapar asuntos que siempre han estado ahí. Cuando las estrecheces alcanzan a amplios sectores de la población, exigimos control y vigilancia, nuestra mirada se vuelve hacia arriba para comprobar si esos que nos asfixian predican con el ejemplo. Los medios de comunicación no se muestran insensibles a esa demanda y, algunos más que otros y no siempre movidos por el puro afán de informar, alimentan esa quemazón. Salen a la luz las cuentas suizas y los sobresueldos, las amistades peligrosas con emprendedores sin escrúpulos, como es el caso del empresario minero leonés Victorino Alonso y su irresistible ascenso al calor de sus contactos con gentecilla del PSOE ya desde los tiempos de Felipe González, las cacerías de todo tipo del monarca y los turbios negocios de su familia…

Para algunos confiados o despistados este brusco despertar supone el punto final de su credulidad. Para los más conscientes, que ya sospechaban que el sistema democrático disponía de una tenebrosa caja negra, llega, a pesar de todo, el momento del desánimo, pero también de la indignación y la protesta. Los descreídos desde el principio, los que siempre echaron pestes de la política simplemente dan rienda suelta al fascista que llevaban no tan dentro.

Cabe preguntarse cómo reaccionar cuando se pertenece a uno de los dos primeros grupos y se desea acabar con los abusos y, en la medida de lo posible, construir algo en lo que se pueda depositar  confianza. Más allá de aconsejar que evitemos la molicie en lo que se refiere a asuntos públicos y no deleguemos tanto en nuestros representantes, no tengo ninguna receta, pero las actitudes observadas en algunos miembros de la clase política, sus desaforadas respuestas a la reacción ciudadana cuando, según ellos, esta rebasa ciertos límites, su defensa del súbdito formal que permanece tranquilito en casa, sí me dan una pista de por dónde deben ir los tiros… Y no me dispongo a desarrollar una apología de la violencia, sino un simple elogio de la insolencia.

La insolencia, lo desusado, lo que no es habitual, aquello de lo que no tenemos costumbre, que esa es la etimología de la palabra, emparentada con el verbo “soler” y, por tanto, con el adjetivo “insólito”. La insolencia se relaciona, pues, con el atrevimiento, con el desacato y tendría entre sus opuestos al respeto y la reverencia.

¿Ustedes tacharían de insolente a un amigo en medio de una discusión o utilizarían esa palabra durante un enfrentamiento en una reunión de la comunidad de vecinos? Estoy por asegurar que no. Formularían alguna advertencia del tipo “no te pases” o, puestos a ser más finos, recurrirían al sinónimo “impertinente”. En cambio, es fácil imaginar a un profesor hablando de la insolencia de algún alumno díscolo o a un rancio aristócrata quejándose de un servidor insolente.

Y es que la palabra, en su uso, tiene un componente clasista. La acusación casi siempre sale dirigida desde las alturas hacia algún escalafón inferior y contiene un punto de indignada sorpresa precisamente por lo poco habitual que se supone debe ser esa especie de rebeldía de los de abajo. Lo que los políticos manifiestan ante determinadas acciones ciudadanas es ese estupor de quienes están acostumbrados a la sumisión y la aceptación pasiva, que también han dado lugar a la falta de transparencia porque quien ostenta el poder no se siente obligado a dar explicaciones y se molesta cuando se le piden. Es vergonzoso que sea todavía ahora, transcurridos más de treinta años de régimen democrático, cuando se esté hablando de transparencia en todo lo relativo a las entretelas económicas de la Casa Real.

Practiquemos la insolencia. Puede que, debido al apoltronamiento, nos crujan las articulaciones, pero resultará más fácil de lo previsto acostumbrarse a romper el hábito de permanecer callados. Sorprendamos a esos caraduras haciendo que el suelo tiemble bajo sus pies. Hagamos de la insólita insolencia algo cotidiano. ¿Saben ustedes que, en el fondo, mientras seamos o parezcamos sumisos el encumbrado nos mirará como a cucarachas y que solo nos ganaremos su respeto siendo insolentes?

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