¡ESTO ES UN ATRACO, PLEBE!

No sé cómo respondería el engolado filósofo Don José Ortega y Gasset a lo que nos está pasando ahora, aunque en su momento, en La rebelión de las masas (1930), se apresuró a esbozar la psicología del hombre-masa, cuya actitud definió como la de un niño mimado que había perdido de vista que los avances científicos y los progresos políticos y sociales eran fruto de los esfuerzos y el talento de individuos geniales y que se empeñaba en disfrutar de ellos como si crecieran en los árboles y, si algún obstáculo se lo impedía, apelaba a la acción directa. Siempre tuve la sospecha de que Ortega no había tratado con mucha gente humilde, la verdad.

Parece que ya hay quienes aprecian que se ha dado vuelta a la tortilla. Se habla de la rebelión de las elites y de su obsesión extractiva. El llamado estado del bienestar, con su intento de repartir la riqueza y ayudar a los desfavorecidos, provocó el apaciguamiento del hombre común –si es que alguna vez fue verdad que pasaba buena parte de su tiempo protestando- y propició que el inconformismo cambiara de bando: cuánto hace ya que desde los USA nos llega ese clamorcillo quejumbroso acerca de los dineros que se destinan a poner parches en las vidas de los más necesitados… ¡Y eso en un país cuyos progres envidiaban nuestros servicios públicos sanitarios y educativos!

No ha pasado mucho tiempo para que nos colocasen el mismo cuento aquí. En el muro ya se hacían visibles algunas grietas, pero la oportunidad de oro y el definitivo acelerón llegaron con el triunfo de un PP liderado, por lo que estamos comprobando, por unos indeseables que en falta de escrúpulos no se quedan cortos frente a los delincuentes que en Estados Unidos llevaron a la ruina a un montón de gente vendiéndoles productos basura de ingeniería financiera, acto de rapiña cuyo reflejo contemplamos aquí en la estafa de las preferentes.

Se orquesta una campaña de desprestigio y de siembra de sospechas sobre el sector público, se dejan caer unas cuantas malintencionadas frases sobre el excesivo número de funcionarios y el primer paso para que las empresas privadas se apoderen de esos pedazos de la tarta tan largamente apetecidos que son la sanidad y la educación ya está dado. Y, por supuesto, se machaca con el estribillo que convierte al emprendedor en un santo varón que solo pretende crear empleo y no sabe lo que es la codicia.

Me da que el señor Ortega exageraba un poco: ni sus compañeros de la minoría intelectual eran tan brillantes y selectos –aunque, como ya no están por aquí, comparándolos con los de ahora nos parezcan superhéroes- ni, mucho menos, las masas eran tan rugientes, pero, bueno, se le disculpa, tenía libros que escribir, libros de verdad, no memorias chabacanas. Aun así me gustaría escuchar o leer su respuesta al descaro con que actúan quienes nos están atracando a diario, a los premios que le otorgan al arruinador de todos menos de sí mismo Rodrigo Rato, a las exigencias de austeridad de una Christine Lagarde que gana un sueldo de escándalo, a las declaraciones de un rey holandés que se adorna con capas kilométricas, pero considera insostenible el Estado de protección social. No sé: a lo mejor, pese a lo remilgado que parecía, le daba por hacer un llamamiento a la acción directa.

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