Lou RIP

Lou RIP

montaje: Javi Guerrero

 

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ALBERT PLA Y LOS OTROS FINGIDORES

Declarar uno que le da asco por ser español es, al menos, tan tontorrón y gratuito como afirmar otro que se siente orgulloso por lo mismo, cuando lo cierto es que eso no constituye mérito alguno porque no se trata de ningún logro. Ningún agraciado con el gordo ha proclamado, que yo sepa, que se sentía orgulloso porque le había tocado la lotería. Pues es lo mismo, más o menos: uno puede echar una ojeada a algunas partes del mundo y concluir que se siente afortunado por haber nacido en España, que ha tenido suerte, vamos, pero que no es cosa suya, que no es como batir un record o como que tu hija se doctore cum laude.

Pero lo cierto es que la primera opción ofende a muchos porque arremete contra un sentimiento, mientras que la segunda, aunque se repite hasta la saciedad, pasa desapercibida porque se limita a atentar contra la razón. Si Albert Pla hubiera empleado la palabra vergüenza e incluso hubiese matizado con la locución adverbial a veces, se hablaría de un español indignado más y eso al artista en cuestión seguramente le queda pequeño, por eso prefirió el asco y también por eso echó más leña al fuego declarándose en la misma entrevista partidario de la secesión de Cataluña y de que en Gijón se tuviera que aprender catalán por cojones. Y todo eso, que muchos somos incapaces de tomarlo en serio, fue demasiado para otros tantos.

Tratar de justificar a Albert Pla aduciendo que es un provocador es lo mismo que hacer lo propio con quienes, por ejemplo, no cumplen sus promesas electorales porque, al fin y al cabo, son políticos. Aceptando que la provocación forme parte del oficio de Pla, al igual que todos los desempeños relacionados con un oficio, puede estar bien o mal realizada y, por tanto, podemos juzgarla. En este caso concreto me parece que la provocación fue torpe y poco inteligente.

Pero también son torpes y nada inteligentes la mayor parte de las reacciones a botepronto de quienes se sintieron ofendidos, que encontraron su culminación en la cancelación del espectáculo que Pla iba a ofrecer en el Teatro Jovellanos de Gijón. Tan cierto como que existen provocadores es que hay muchas ganas de sentirse provocado y, sobre todo, de exhibir la ofensa del modo más dramático posible. Siempre sospeché que había bastante teatro –en el mismo sentido que le damos a la palabra cuando un futbolista se retuerce sobre el césped tras una patadita de nada- en estas situaciones y por eso considero que el provocado tiene mucha culpa de la propagación del incendio. No conozco la causa última de esta actitud, aunque tengo para mí que se relaciona con el aburrimiento y la falta de intensidad de muchas vidas y, si se es concejal del PP, como Francisco Cubiella, con el deseo de llamar la atención sobre sí mismo y desviarla de otras cuestiones más importantes.

Produce desconsuelo observar que se considera más grave el ataque a un sentimiento que la mentira constante y las coces a la razón, que se vienen manifestando últimamente en programas electorales ignorados por quienes los confeccionaron o actuaciones tan burdas y chocarreras como la identificación de aborto con terrorismo o la explicación incomprensible acerca de ciertos pagos en diferido. Incluso, a la luz de este predominio de lo sentimental, se puede hacer también una lectura un poco amarga de lo que está sucediendo en Baleares: todos los puntos negros de la LOMCE no serían capaces de generar el acuerdo que ha producido en la comunidad educativa de las islas el sentimiento –plenamente justificado, por otra parte- de ataque a la lengua propia.

No me estoy mostrando partidario de prescindir de lo sentimental, ni mucho menos, ni siquiera de atenuarlo. Solo estoy hablando de matizar las reacciones usando la inteligencia porque estos espectáculos dan mucha fatiga. No se puede vivir permanentemente anclado a los sentimientos, sobre todo a los más excesivos -de aquí la mención del a veces en el segundo párrafo-, no se los puede estar enarbolando en todo momento ni llevarlos a flor de piel para que paren los golpes y luego poder hacerse el dolido. Ya he explicado antes que veo mucho fingimiento en esto y, si no lo hubiera, sería todavía peor porque ser de verdad esclavo de los sentimientos –y sobre todos ellos, el patriótico- es como vivir perpetuamente colocado y eso nos convierte en seres fácilmente tutelables. En un puto rebaño, vamos.

Hay poco que hacer mientras los sentimientos se sobrepongan a la razón en el análisis de la realidad y la búsqueda de soluciones. Nos dejamos gobernar por ellos y somos, por consiguiente, fáciles de gobernar. Quizá resulte presuntuoso por mi parte, pero considero que estas observaciones son válidas urbi et orbi y, por tanto, me siento obligado a corregir y aumentar a Albert Pla: en ocasiones me da vergüenza pertenecer a la especie humana.

ME HUELE ESPAÑA

En las clases de literatura del instituto siempre se nos insistía en lo preocupados por España que estaban escritores como Larra o, menos de un siglo después, los integrantes de la llamada Generación del 98. Y ahí estaba la frasecita didáctica que lo sintetizaba: “me duele España”. No sé a qué viene ahora tanto escándalo por las declaraciones de Albert Pla sobre el asco que le produce ser español. Al fin y al cabo solo cambia una letra (que, además, no suena): a él le huele España.