LENTO DESFILE DE MONSTRUOS SALIENDO DE SUS CUEVAS

Con la derogación de la doctrina Parot estamos asistiendo al reverdecer de un género documental que tuvo gran importancia en los albores del cine, representado por la filmación de la salida de los obreros de la fábrica Lumière, que ya no recuerdo si fue antes o después de la famosa llegada del tren que causó el pánico de muchos espectadores vírgenes. Así que ya lo ven: con el concurso de las cámaras de televisión y de las alcachofas a la carrera regresamos a los orígenes del invento, solo que esta vez la grabación se efectúa ante las puertas de las prisiones con el fin de registrar el lento goteo de salidas de violadores, pederastas, asesinos y terroristas que la susodicha anulación ha propiciado.

Pero no parece que refrescar y dar nueva vida a tan histórico género sea el propósito de las cadenas de televisión. Por otro lado, la información que se nos proporciona, aparte de las evidentes puestas en libertad que estaban cantadas antes de que Estrasburgo se pronunciara, pertenece al pasado y consiste en un repaso minucioso de los crímenes espeluznantes que cometieron o en los que participaron los ahora liberados, así que creo que también deberíamos descartar la pura información como finalidad de estas emisiones, por mucho que alguno de los que perseguían a Miguel Ricart adujera jadeante que ellos “querían saber” y por mucho que todo esto se trate de complementar con grabaciones de los alegres recibimientos de que son objeto los etarras o con conatos de entrevistas –algunas no lo rozan, sino que caen de lleno en el acoso puro y duro- a familiares de las víctimas.

Lo de crear opinión cuando uno se dirige exclusivamente a las tripas es imposible y, por tanto, tampoco es el objetivo. Cuando se masajea la víscera y se trabaja el morbo, lo único que se consigue es crear alarma (las calles se llenan de indeseables peligrosos) y un estado de ánimo bastante generalizado de rabia (qué justicia es esta que permite que los monstruos circulen en libertad), cosas que logran desviar la preocupación y la indignación hacia otro lado, lo cual, en un momento como el que estamos viviendo, resulta muy conveniente para ya sabemos quiénes.

Así que ya tenemos aislado el propósito: mantener o elevar los índices de audiencia atendiendo a la demanda de emociones primarias de la población y yendo a lo fácil, a dorar la víscera de una ciudadanía que, lamentablemente, no busca información sino complicidad en su chapoteo en sentimientos básicos. Para ello no importa que los espacios informativos tengan que descender unos cuantos peldaños y convertirse en telebasura.

No todos los criminales que ahora salen en libertad ni todos los familiares y allegados de las víctimas tendrán el buen criterio de optar por la discreción y desatender la solicitud de los medios. La participación en este festival no traerá ningún bien a nadie: ni a la sociedad en su conjunto ni a las personas desgraciadamente involucradas en esos sucesos trágicos. Nadie está obligado a reconocer en público que le gustaría ver muerto o encerrado para siempre al asesino de su hija porque ese sentimiento, totalmente comprensible, le pertenece en exclusiva. Nadie –mucho menos los afectados personalmente- debería escuchar de labios de un asesino que él ya ha pagado. Hay cosas que son de todos y que, desde luego, son perfectibles, como la justicia, y hay otras que no deberían salir del ámbito privado porque ni nos hacen avanzar como colectivo ni ayudan a superar los dramas personales.

Hay demasiado ruido en nuestra sociedad y los medios de comunicación, especialmente la televisión, son los principales productores. Y ya sabemos que el ruido no permite pensar. Alguna vez habrá que iniciar un juicio sobre la responsabilidad que los medios han contraído en el deterioro de nuestro sistema democrático al abandonar o pervertir su misión formadora. La información y la creación de opiniones razonadas se asfixian bajo el peso del objetivo que ha salido triunfante, que no es otro que el entretenimiento, sobredimensionado hasta el punto de que se trabaja para halagar los más bajos instintos de los receptores y se da carta blanca a la ligereza más ofensiva. Por esa búsqueda de complicidad ya hemos visto cómo los informadores deportivos se han transformado en forofos. Profundizar en esta vía en temas tan delicados como el de las liberaciones de presos derivadas de la anulación de la doctrina Parot es una opción inmoral y peligrosa.

Se podrá aducir que los medios son un reflejo de la sociedad y que no debemos matar al mensajero. Yo creo que los medios pueden construir ese reflejo y no limitarse a vomitarlo y, en cuanto a lo de matar al mensajero, considero que no hace falta, pues hace tiempo que transitan por la senda del suicidio. Está por ver si, al tocar fondo, serán capaces de resurgir de sus ruinas y cenizas.

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