iconos pop

En pleno furor electoral, sin que nadie se lo pida, Elena Valenciano saca del armario a sus tres ídolos (Jesucristo, Che Guevara y Felipe González) y declara que habitaban la misma dimensión, al menos durante esa “etapa mística” que ella asegura haber atravesado a los 13 años.

Por esa época yo tenía amigos y conocidos que decoraban las paredes de su habitación con posters de Cristo y del Che explicitando de esa forma la idea de que existía un paralelismo entre sus vidas y el sentido de las mismas. Nunca fui partidario ni del culto a la personalidad –por muy contrastada que estuviera la valía de los individuos en cuestión- ni de establecer esa clase de simetrías, mucho menos entre personas que vivieron en contextos muy distintos y tan alejados en el tiempo, así que lo cierto es que el tufillo ingenuo y bobalicón que detectaba en aquellas imágenes me repateaba bastante, y eso que yo también habitaba la, llamémosla así, dimensión izquierdosa.

Para empezar había empezado a ser ateo y Jesucristo era nada menos que el Hijo de Dios, una relación demasiado estrecha como para obviarla, por muy guay que fuera el chaval y por mucho que nos lo hubieran acercado la peli Jesucristo Superstar y la versión teatral española con Camilo Sesto y el Judas de Teddy Bautista. Claro que yo era un rapaz de barrio –de La Calzada, concretamente- y preferí cortar por lo sano porque no habría tenido la oportunidad de desintoxicarme de lo místico, como aclara en la misma entrevista Elena Valenciano, dejándome caer por el Penta para coincidir con Nacha Pop y metiéndome en faena con el tercer hombre, Felipe González, el líder de ese partido de aluvión que, con el paso del tiempo, se ha revelado pleno de oportunistas que también, seguro, admiraban al número uno.

Y viendo cómo ha rematado la faena, sin duda lo admirarán aún más. Porque Felipe González ha sabido romper con esa rancia tradición de héroes revolucionarios que terminan crucificados, tiroteados o guillotinados y pasan a la triste y cochambrosa dimensión de mártires. Por fin un rebelde que termina como Dios manda en un sentido radicalmente opuesto a lo que dispuso respecto a su hijo: santón de su partido y de la política nacional e internacional, habitando lujosas residencias de amistades más peligrosas que las de Núñez Feijóo, esgrimiendo purazos, ejerciendo de consejero en Gas Natural Fenosa y levantando una pasta más que gansa avestrúcea, aunque, eso sí, aburriéndose como una escupidera en los consejos de administración, el pobre… No percibo mucho rastro del Che ni de Jesucristo en esa dimensión, Elenita.

Las declaraciones de la candidata número uno del PSOE en las elecciones europeas ponen una vez más de manifiesto la bobería imperante en las mentes –o como se llame lo que las sustituye- de nuestros políticos. Al final resulta que la Valenciano es una puñetera fan desquiciada y para eso, la verdad, habría resultado más simpático y –empleemos la palabreja- entrañable que se hubiera declarado seguidora de Pecos o de Pedro Marín.