ESTÁ BIEN QUE YO LO DIGA

Hay un comentario frecuente entre los locófilos –y que yo mismo he suscrito alguna que otra vez-, según el cual los discos (no se incluyen los maxis) buenos-buenos del grupo gijonés son los impares: el primero, Los Locos, y el tercero, Algo salvaje. Los Locos son un grupo pop, en esto resulta fácil ponerse de acuerdo, pero estos dos discos están felizmente contaminados de esencias soul y bossa nova en el primer caso y de metralla funk en el segundo, en el que Los Locos, a su modo, rinden pleitesía al verdadero monarca de los 80, que fue Prince.

Una posible interpretación de este modo de valorar la carrera discográfica del grupo nos conduce a la consideración de que el pop por sí solo, el pop basado en las melodías cristalinas goza de escaso prestigio y conviene mezclarlo con elementos de más alta graduación. Los Locos, de todas formas, nunca fueron una banda de pop monjil y sus directos eran bastante incendiarios, pero, además, la aceptación que tuvieron posteriormente ciertos grupos nacionales representantes del más lánguido ñoñi pop echa un poco por tierra esta teoría, solo válida para algunos juicios personales.

Otra interpretación nos hace concluir que esa valoración es sencillamente una impostura, que se trata de hablar por hablar, un poco como el brasas que da la paliza con los buenos vinos. Últimamente me inclino por esta porque resulta que la gente, incluidos quienes cantan las excelencias de los dos discos impares, tiene muy presentes las canciones de los otros dos, sobre todo las de El segundo de Los Locos. No hay más que asistir, por ejemplo, a alguno de los conciertos del grupo de tributo Radio Fox y observar la reacción del personal cuando suenan Alguien trama lo peor, Una y otra vez o Nubes de tormenta. Todos los trabajos de Los Locos contienen alguna excelente canción –está mal que yo lo diga, pero ¡al carajo!-, aunque creo que ninguno acumula tantas que se hayan quedado en la memoria de los fans.

Carlos (bass & vocals), Paco (guitar) & Jaime (drums)

El segundo de Los Locos es un discazo –nuevamente está mal que yo lo diga y nuevamente al carajo- desde la cubierta del gran Ángel Heredia con su inspiración en las beldades femeninas del cómic clásico hasta la tontería del Homenaje a Ben Johnson que lo cierra y que se me ocurrió porque no llevé muy bien aquello de despojar de su triunfo meteórico en Seul al torpedo jamaicano-canadiense: por muy dopado que estuviera, me caía mucho mejor que el pijo de Carl Lewis. Para refrendar lo del discazo no tenemos más que dar un repaso a las canciones, empezando por la emblemática Lección de baile y siguiendo por Hazme feliz, Una y otra vez y Nubes de tormenta, que ubican el conjunto entre lo más elevado del pop puro de la época, sin olvidarse de dos de mis locuras favoritas de todos los tiempos: Alguien trama lo peor, con ese riff stoniano del principio a cargo de Paco Loco, y No se salva nadie, maravillosa, con un galope soul imparable gobernado por la prodigiosa voz de Carlos Redondo. Por su parte, Ahora que lo pienso y El suelo de mis pies parecían anticipar ambientes que se desarrollarían en el disco siguiente, Algo salvaje.

Todo ello se grabó a finales de 1988 en los Estudios Musitrón de Madrid y con Antonio García de Diego encargándose de la producción, un hombre al que traté poco, aunque lo suficiente como para concluir que podría dar lecciones de buen hacer y de humildad a gran parte de la profesión en este país. En febrero del siguiente año tuvo lugar el formidable concierto de presentación en el Teatro de la Laboral de Gijón, donde yo me estaba estrenando como profe de Secundaria.

Se cumplen ahora 25 años de aquella aventura. La historia no terminó como nos imaginábamos en nuestros momentos de máximo entusiasmo, pero el disco sonó y hoy es lo que es: una referencia de culto para los catadores de exquisiteces y una obra mítica para la hinchada de Los Locos.

Está bien que yo lo diga.

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